
Polo vuelve a colocar al Pacífico mexicano frente a un huracán categoría 5. El recuerdo de Otis permite hacer una pregunta más importante que la velocidad del viento: ¿cuánto del daño provocado por un desastre depende de la naturaleza y cuánto de las decisiones que una sociedad tomó antes de que llegara?
En la noche del 22 de septiembre de 2026, el huracán Polo permanecía como categoría 5 frente a la costa del Pacífico mexicano. El Centro Nacional de Huracanes de Estados Unidos lo situaba unos 335 kilómetros al sur de Zihuatanejo, con vientos máximos sostenidos de 270 km/h. Aunque su trayectoria prevista mantenía el núcleo mar adentro, estaban vigentes alertas por viento y por lluvias capaces de producir inundaciones y deslaves en zonas costeras del suroeste de México.
Polo recuerda algo que a veces se pierde cuando observamos un mapa meteorológico: un huracán no necesita entrar directamente sobre una ciudad para causarle costos económicos.
Puede inundar carreteras, destruir cultivos, interrumpir cadenas de suministro, provocar cancelaciones turísticas, paralizar comercios y obligar al gobierno a redirigir recursos. Pero para comprender hasta dónde puede llegar ese proceso existe un caso mexicano particularmente revelador.
Acapulco y el huracán Otis.
Lo sucedido allí en octubre de 2023 permite entender que un desastre no es solamente consecuencia de la fuerza de la naturaleza. Es el resultado de la interacción entre un fenómeno extremo y todo aquello que encuentra en su camino: edificios, infraestructura, pobreza, mantenimiento, planeación urbana, sistemas de alerta, seguros y capacidad institucional.
Y ésa quizá sea la principal lección de Otis.
Otis: unas cuantas horas cambiaron todo
A las 10 de la mañana del 24 de octubre de 2023, Otis todavía tenía vientos máximos sostenidos de alrededor de 110 km/h y estaba próximo a convertirse en huracán. A la una de la tarde ya había alcanzado fuerza de huracán; a las cuatro era un huracán mayor con vientos de 205 km/h; a las siete de la noche alcanzaba 230 km/h y a las diez ya era categoría 5, con aproximadamente 260 km/h.
Pocas horas después golpeó directamente el área metropolitana de Acapulco. NOAA estima que sus vientos aumentaron aproximadamente 185 km/h en apenas 24 horas, una de las intensificaciones más rápidas observadas en el Pacífico oriental.
Ese dato resulta fundamental.
Acapulco no tuvo que enfrentarse únicamente a un huracán extremadamente poderoso. Tuvo que enfrentarse a un huracán cuya peligrosidad cambió radicalmente cuando quedaban sólo unas horas para prepararse.
Existían avisos meteorológicos: desde la mañana del día 24 estaba vigente una advertencia de huracán para una parte de Guerrero. Pero una cosa es prepararse para un huracán y otra muy diferente descubrir durante el transcurso de unas horas que ese fenómeno se está convirtiendo en categoría 4 y posteriormente en categoría 5.
La diferencia económica es enorme.
Un hotel necesita tiempo para proteger cristales, asegurar mobiliario, mover vehículos y organizar huéspedes. Un comercio necesita proteger inventarios. Una familia necesita conseguir agua, trasladarse o asegurar su vivienda. Las autoridades necesitan movilizar personal, equipo, ambulancias, maquinaria y refugios.
Otis comprimió esas decisiones de días a horas.
Ése fue probablemente el primer elemento que multiplicó la tragedia.
Pero Otis no encontró una ciudad en blanco
Existe una tentación comprensible después de una catástrofe: atribuir prácticamente todo lo ocurrido a la magnitud extraordinaria del fenómeno.
En Otis, esa explicación sería incompleta.
Una brigada multidisciplinaria del Instituto de Ingeniería de la UNAM recorrió posteriormente las zonas afectadas. Encontró que la velocidad del viento experimentada durante el huracán superó ampliamente los parámetros contemplados por la normativa local para determinados tipos de estructuras.
Pero encontró algo más.
Entre los factores que incrementaron los daños estaban conexiones y fijaciones deficientes, elementos no estructurales poco resistentes, corrosión, deterioro acumulado y falta de mantenimiento. Techos, fachadas, cristales, anuncios y otros objetos comenzaron a desprenderse; algunos se transformaron a su vez en proyectiles que golpeaban otros edificios y rompían más ventanas. (Iingen UNAM)
Aquí encontramos una segunda lección importantísima.
Un edificio puede permanecer en pie y, aun así, sufrir pérdidas económicas enormes.
Si se rompe una fachada de cristal, entra agua y viento. Se destruyen plafones, instalaciones eléctricas, mobiliario, computadoras, elevadores, sistemas de aire acondicionado y habitaciones.
Por eso la resiliencia de una ciudad no depende solamente de evitar que colapsen edificios.
Depende también de conseguir que hospitales, hoteles, escuelas, carreteras, telecomunicaciones, agua y electricidad continúen funcionando después del fenómeno.
El extraño efecto multiplicador de la infraestructura
Otis demuestra algo particularmente interesante desde el punto de vista económico.
Un poste eléctrico destruido vale determinada cantidad de dinero.
Pero el costo social de ese poste puede ser mucho mayor que su costo de reposición.
Sin electricidad puede dejar de funcionar una bomba de agua. Sin agua puede dejar de operar adecuadamente un hospital o un restaurante. Sin telefonía puede dificultarse la coordinación de emergencias. Sin carreteras accesibles puede retrasarse la llegada de alimentos, combustible y maquinaria.
Después de Otis quedaron fuera de servicio líneas de transmisión, subestaciones y miles de postes; también fueron afectados hospitales, carreteras, telecomunicaciones, sistemas de agua y el aeropuerto. (Gobierno de México)
El desastre adquiere entonces una estructura parecida a la de una cadena financiera:
daño físico → interrupción de servicios → paralización de empresas → pérdida de ingresos → desempleo temporal → menor consumo → menor actividad económica.
Por eso calcular únicamente cuánto cuestan los edificios destruidos subestima el verdadero costo.
La Organización Meteorológica Mundial estimó pérdidas económicas relacionadas con Otis de alrededor de 15,000 millones de dólares. Investigadores de la UNAM han manejado cifras del mismo orden. (World Meteorological Organization)
Pero incluso esa enorme cantidad difícilmente refleja por completo lo que ocurrió con una familia cuyo negocio desapareció, un trabajador que dejó de recibir ingresos durante meses o un pequeño comerciante que perdió mercancía y no tenía seguro.
El turismo hizo a Acapulco próspero, pero también concentró el riesgo
Existe otra característica de Acapulco que ayuda a explicar la magnitud de Otis.
Durante décadas se construyó una enorme concentración de hoteles, departamentos, restaurantes, centros comerciales, embarcaciones y servicios directamente alrededor de la bahía.
Eso genera actividad económica en tiempos normales.
Pero también significa una enorme concentración de patrimonio expuesto cuando llega un fenómeno extremo.
Cerca del 80% de la infraestructura turística de Acapulco sufrió algún grado de afectación, y años después continuaban las obras de recuperación y reconstrucción. Documentos públicos de planeación todavía en 2026 describían consecuencias de Otis sobre la infraestructura turística y señalaban que un segundo huracán, John, volvió posteriormente a retrasar parte de la recuperación. (Sidof)
Es una característica común de los desastres:
la primera pérdida es física; la segunda puede ser económica.
Un hotel puede repararse en seis meses.
Pero durante esos seis meses no recibe huéspedes, sus empleados pueden trabajar menos, los taxistas transportan menos turistas, los restaurantes venden menos, los proveedores reciben menos pedidos y el gobierno recauda menos.
La destrucción se propaga mediante relaciones económicas.
Y no todos podían recuperarse de la misma manera
Otis también mostró una enorme diferencia entre tener patrimonio y tener patrimonio protegido.
En México todavía existe una cobertura relativamente baja de seguros para vivienda. Datos de la AMIS publicados en 2025 indican que alrededor del 26.5% de las viviendas mexicanas estaban aseguradas y que en Guerrero la proporción era apenas de 11.9%. Además, la asociación encontró que incluso algunos bienes asegurados afectados por Otis no tenían incluida específicamente la cobertura contra riesgos hidrometeorológicos. (AMIS)
Esto introduce una tercera dimensión del desastre: la resiliencia financiera.
Dos familias pueden perder un techo parecido.
Una dispone de ahorro, seguro y acceso al crédito.
La otra depende exclusivamente de sus ingresos mensuales.
Físicamente sufrieron un daño similar. Financieramente, sin embargo, pueden enfrentar futuros completamente distintos.
La primera reconstruye.
La segunda quizá utilice todos sus ahorros, solicite préstamos, venda activos o posponga otras necesidades durante años.
Por eso el seguro no evita un huracán. Lo que hace es evitar que parte del daño físico se convierta en una destrucción permanente del patrimonio familiar o empresarial.
¿Qué hizo que la tragedia fuera todavía mayor?
Cuando se observa Otis después de tres años, aparecen varios factores que actuaron simultáneamente.
El primero fue inevitable en el corto plazo: su extraordinaria intensificación.
Pero otros pertenecían a la vulnerabilidad acumulada durante años: normas de construcción que no contemplaban adecuadamente un fenómeno de esa magnitud, mantenimiento insuficiente, corrosión, elementos poco resistentes al viento, ocupación de zonas vulnerables, infraestructura crítica expuesta y una baja protección financiera en una parte importante de la población.
Investigaciones de la UNAM también han destacado que el desarrollo urbano de Acapulco fue empujando parte de la población hacia zonas periféricas y de mayor riesgo, mientras la actividad turística concentraba grandes cantidades de capital junto a la costa. (Voces y Saberes)
Incluso después del impacto aparecieron efectos secundarios. Investigadores del Instituto de Ingeniería documentaron actos de vandalismo y daños adicionales a establecimientos que habían sufrido afectaciones menores, además del enorme problema generado por residuos, escombros y deterioro sanitario. (Iingen UNAM)
La conclusión incómoda es ésta:
Otis fue un fenómeno extraordinario, pero encontró vulnerabilidades que no habían aparecido la noche anterior. Llevaban años acumulándose.
¿Hubo algo que limitara el daño?
También debemos observar la otra parte de la historia.
La misma geografía montañosa de Guerrero que favorece deslaves permitió que Otis se debilitara muy rápidamente una vez que penetró tierra adentro. Horas después del impacto había perdido gran parte de su intensidad, limitando la extensión territorial de los vientos más destructivos.
Después del desastre hubo además una movilización de emergencia de gran escala.
Para finales de noviembre de 2023, las autoridades federales reportaban casi 25,000 efectivos desplegados, plantas potabilizadoras, pipas, maquinaria, distribución de alimentos y agua, mientras la CFE había restablecido el suministro a aproximadamente 98% de los usuarios afectados. El aeropuerto comenzó a operar vuelos humanitarios apenas dos días después del impacto y los vuelos comerciales fueron restablecidos posteriormente. (Gobierno de México)
Estas medidas no pudieron impedir la destrucción inicial.
Pero sí ayudan a impedir una segunda catástrofe: aquella que ocurre cuando una población permanece durante semanas sin agua, electricidad, comunicaciones, medicamentos, alimentos o acceso terrestre.
Ésta es otra lección de resiliencia:
prepararse para un desastre no consiste solamente en impedir que algo se rompa. También consiste en conseguir que pueda volver a funcionar rápidamente.
Reconstruir no significa necesariamente reducir el riesgo
Aquí aparece posiblemente la lección económica más importante de Otis.
Después de una catástrofe existe una enorme presión política y social para reconstruir cuanto antes.
Es comprensible.
Pero si un puente, una vivienda, un hotel, un sistema eléctrico o un drenaje se reconstruyen exactamente igual que antes, podemos estar reconstruyendo también la misma vulnerabilidad.
En 2025 todavía se anunciaban programas para reconstruir y rehabilitar viviendas dañadas por Otis. En marzo de 2026 se inauguró en Acapulco un puente que había sido afectado por Otis y posteriormente por John; ese mismo programa contemplaba trabajos sobre decenas de puentes en Guerrero. (Gobierno de México)
Es una imagen muy ilustrativa.
La infraestructura tiene memoria aunque nosotros no la tengamos.
Si un punto falla repetidamente ante lluvias, deslaves o huracanes, repararlo no necesariamente resuelve el problema. Puede simplemente posponer la siguiente factura.
Por eso después de un desastre debería existir una pregunta adicional:
¿debemos reconstruir lo que había o construir lo que necesitaremos durante los próximos 30 años?
La prevención parece cara hasta que llega la reconstrucción
Aquí aparece una paradoja de las finanzas públicas.
La prevención resulta políticamente poco espectacular.
Un drenaje que funciona correctamente no sale en televisión.
Un puente que resiste una inundación no genera una ceremonia de emergencia.
Un hospital cuyo generador continúa funcionando después del huracán difícilmente se convierte en noticia.
El éxito de la prevención consiste precisamente en que algo no suceda.
Pero económicamente puede ser una de las inversiones públicas más rentables.
El Banco Mundial estima que mejorar la resiliencia de los sistemas de infraestructura puede producir beneficios cercanos a cuatro dólares por cada dólar invertido, considerando tanto daños físicos evitados como menores interrupciones económicas y de servicios. (Banco Mundial)
Esto cambia completamente la pregunta.
No deberíamos preguntar solamente:
¿cuánto cuesta reforzar esta carretera, drenaje, hospital o red eléctrica?
También deberíamos preguntar:
¿cuánto costará no reforzarlo si vuelve a ocurrir un fenómeno extremo?
Es la misma lógica con la que una empresa evalúa un seguro, un sistema de respaldo informático o una reserva de liquidez.
La prevención tiene un costo visible hoy.
El desastre tiene un costo incierto mañana.
Y precisamente por eso resulta tan fácil posponer la prevención.
Polo no es Otis, y ésa también es una lección
La presencia de Polo frente a las costas mexicanas inevitablemente recuerda lo sucedido en 2023, pero sería incorrecto asumir que la historia necesariamente se repetirá.
Al último boletín disponible del Centro Nacional de Huracanes, el núcleo de Polo estaba previsto para permanecer mar adentro, aunque sus lluvias, oleaje y vientos sí podían afectar partes de la costa mexicana.
Y precisamente ahí está el valor del caso Otis.
No se trata de predecir otra catástrofe.
Se trata de comprender que la preparación debe realizarse cuando no existe una catástrofe.
Cuando el huracán ya está frente a la costa, una gran parte de las decisiones importantes fueron tomadas años antes.
Se decidió dónde construir una carretera.
Se decidió cuánto mantenimiento darle.
Se decidió qué velocidad de viento debía resistir un edificio.
Se decidió si una subestación eléctrica tendría redundancia.
Se decidió si un hotel tendría generadores.
Una familia decidió —o pudo decidir— si aseguraba su vivienda.
Una empresa decidió cuánto inventario mantener y cómo respaldar su información.
Un gobierno decidió cuánto gastar en prevención y cuánto reservar para emergencias.
La gran lección de Otis
Los seres humanos no podemos impedir la formación de huracanes.
Pero eso no significa que todas sus consecuencias sean inevitables.
Otis fue extraordinario porque la naturaleza produjo, en cuestión de horas, uno de los procesos de intensificación más extremos observados en aquella región.
Pero la magnitud final de la tragedia surgió del encuentro entre aquel fenómeno y una ciudad real: con hoteles, viviendas, carreteras, desigualdad, infraestructura deteriorada, actividades económicas concentradas, una baja penetración de seguros y sistemas esenciales que dependían unos de otros.
Por eso resulta útil distinguir fenómeno natural de desastre económico y social.
El primero no está bajo nuestro control.
El segundo sí puede reducirse.
Otis dejó destrucción, pero también dejó información extremadamente valiosa. Nos mostró qué estructuras fallaron, qué servicios fueron indispensables, dónde se concentró la vulnerabilidad y cuánto tiempo puede prolongarse la recuperación.
Desperdiciar esa información sería cometer quizá el error más costoso de todos.
Porque construir infraestructura resiliente cuesta dinero.
Actualizar normas cuesta dinero.
Dar mantenimiento cuesta dinero.
Enterrar o reforzar redes, mejorar drenajes, proteger hospitales, conservar barreras naturales y asegurar patrimonio cuestan dinero.
Pero reconstruir una ciudad también cuesta dinero.
Y además cuesta actividad económica, empleos, patrimonio, deuda pública y privada y, en los peores casos, vidas.
La verdadera pregunta económica, por tanto, no es cuánto cuesta prevenir un desastre.
Es cuánto estamos dispuestos a pagar por no haberlo prevenido.
Para terminar “Resiliencia” también es un concepto financiero, no sólo de ingeniería. Una familia necesita fondo de emergencia y seguro; una PyME necesita liquidez y continuidad operativa; una ciudad necesita infraestructura redundante y recursos de contingencia. Es exactamente el mismo principio aplicado a tres escalas diferentes.


